En defensa de la noche

La iluminación nocturna hace más fácil nuestra vida, pero abusamos de ella cuando la intensidad es excesiva, la luz no se dirige hacia el suelo, se iluminan lugares o edificios que no lo necesitan o se hace en horarios donde ya nadie está en las calles para disfrutarla.

Aparte del derroche económico y de recursos energéticos, la contaminación lumínica reduce la seguridad del tráfico, perturba los ecosistemas y afecta a nuestra salud de formas que aún estamos empezando a comprender.

Además, el exceso de luz durante la noche borra del cielo el firmamento, lo que dificulta el trabajo de los astrónomos y nos impide disfrutar de la experiencia de un cielo estrellado.

Afortunadamente las soluciones a este problema son más sencillas que con otros tipos de contaminación. Y están a nuestro alcance.

 

Esta imagen del atlas mundial de contaminación lumínica muestra el brillo total del cielo nocturno y, por tanto, la calidad del firmamento que se observa desde cada punto. El 99% de los europeos y estadounidenses vivimos bajo los efectos de la contaminación lumínica.

Como consecuencia de ello, en estos lugares un 60% no puede ver la Vía Láctea.



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