La Tierra en el espejo

El impacto más importante de la exploración del espacio en nuestra vida cotidiana procede del uso de satélites para la navegación, las telecomunicaciones, el espionaje, la predicción meteorológica o infinidad de aplicaciones científicas.

Pero además de estas tecnologías, cuyos beneficios llegarían para justificar toda la inversión realizada en exploración espacial, la vista de nuestro pequeño planeta desde el espacio nos ayuda a comprender la vastedad del universo y la fragilidad del mundo que habitamos. Carl Sagan recogió como nadie esta sensación en un famoso texto en su libro «Un punto azul pálido»:

Eso es nuestra casa. Eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada «líder supremo», cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí -en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

 

En 1990 la sonda Voyager 1 capturó esta fotografía de la Tierra desde un lugar del Sistema Solar situado a seis mil millones de kilómetros de distancia.

Desde allí nuestro planeta aparecía como una diminuta mota de polvo suspendida en un rayo de sol, una imagen que inspiró a Carl Sagan cuando escribió «Un punto azul pálido».



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